por Diana Barrera
Como docente he disfrutado mucho de mi trabajo frente a los grupos, pero no siempre fue así. Al inicio el trabajar con adolescentes no era una opción, el solo pensar en estar frente a todo un grupo de “revoltosos” me asustaba. Pero como dice Esteve** “En el camino deben sortearse distintas dificultades, como elaborar tu propia identidad profesional, dominar las técnicas básicas para ser un buen interlocutor, resolver el problema de la disciplina y adaptar los contenidos al nivel de conocimiento del alumnado” y creo que al paso del tiempo poco a poco lo he ido consiguiendo; pues finalmente esto es lo que el maestro debe lograr para hacer bien su trabajo. Sobre todo con los adolescentes, pues recordemos que ellos están en esa búsqueda de su identidad, y ¿cómo poder ayudar a un adolescente a construir su identidad si el docente aún no lo hace?
Los sentimientos que he experimentado han sido variados, desde la apatía hasta la pasión por lo que hago, desde la tristeza a la alegría y el enojo, pero éstos son entendidos cuando los identificamos. Por principio, se puede decir que cuando se inicia en el trabajo de ser maestro existe miedo y quizás hasta duda. Ante esto, la primera opción para enfrentar el “problema”, como lo señala Esteve**, “es repetir patrones” lo cual yo también hice, o poniendo cara de “malos”; pero luego me dí cuenta, de que cuando nos convencemos de lo que hacemos y creemos en ello, con la seguridad de que lo hago lo mejor que puedo; entonces creces, creas, contribuyes y disfrutas. Lo rescatable de todo esto es que con todo y lo frustrante que puedas encontrar en el camino, continuamos en él y buscamos hacerlo mejor cada día.
Mi preocupación esta en el hecho de saber si realmente estamos haciendo lo que debemos hacer, por ello para mí ha sido importante prepararme para hacer mi trabajo lo mejor posible; pero sobre todo, reconocer que las personas a las que dedicamos nuestro trabajo son seres sensibles que debemos ayudar a la construcción de su felicidad y por ende mayor calidad de vida, pues al hacerlo contribuyo a mi propia felicidad y calidad de vida.
Por último mi satisfacción ha estado en compartir y aprender con mis alumnos, pues ha sido muy rico el darme cuenta que al igual que los demás somos humanos y debemos estar concientes que todos aprendemos de todos, compartiendo con ánimo lo que sabemos. Ser maestro es más que enseñar, es abrir caminos, coadyuvar al crecimiento personal, impulsar a los demás. Cualquiera enseña pero no cualquiera es un maestro que sabe educar.
**Esteve, José M. “La aventura de ser maestro”. Universidad de Málaga
Hola Diana!
ResponderEliminarMuchas veces estamos tan adentrados por poder sacar la clase a delante, que no nos damos cuenta en qué estamos fallando o que estamos haciendo mal, sobre todo al principio, porque existe el temor a equivocarse, ser aceptado y ser visto como una persona que sabe lo que está haciendo, sin embargo, como tu bien lo comentas, conforme avanza el tiempo, avanza también la confianza en nosotros y el entender que no podemos llegar solo a recitar problemas, tenemos que introducir a nuestros muchachos al mundo de nuestras materias, que ellos vean su aplicación, su gusto y entonces le vean el interés a lo que están aprendiendo.
Creo que con ayuda de todos nosotros, con compromiso, gusto y entrega por lo que se hace, cambiaremos la visión de la educación y por ende la calidad de la misma.
Saludos!